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M.C.E.L.S.T.D. C5-C8

 




➡️CAPITULO 5⬅️

Roselia, que se quedó sin palabras ante la pregunta de Klaus, puso los ojos en blanco.


“Uh… bueno, verĆ”s…”


Como si la instara en silencio a hablar donde quisiera, Klaus se apoyó en la pared con mirada expectante, esperando tranquilamente. Con resignación, Roselia comenzó a hablar.


“No me gustaba dónde estaba colocado el jarrón, asĆ­ que estaba en proceso de moverlo”.


“¿A esta hora?”


"SĆ­…"


Roselia sintió ganas de desaparecer en una ratonera ante sus propias palabras, considerando lo débil que sonaba su excusa.


Mientras tanto, los fríos ojos azules de Klaus la escrutaron una vez mÔs. Parecía que dondequiera que posara su mirada, se volvía ardiente, pero Roselia hizo un esfuerzo por no inmutarse y sonrió con naturalidad.


“Parece que tienes la manĆ­a de sudar despuĆ©s de ducharte.”


—Bueno, en lugar de eso, ¿por quĆ© estĆ”s aquĆ­ en mi habitación…?



Roselia se detuvo a media frase y su mirada se dirigió al sobre que Klaus sostenía. Parecía que el Duque había traído personalmente el billete de 20 grangs que Alejandro había prometido entregar.


“Alejandro tuvo que salir corriendo a hacer un recado repentino por la tarde”.


Con esa explicación, Klaus le extendió el sobre. Roselia, que sostenía un florero que le cubría la parte superior del cuerpo, no tenía las manos libres, y Klaus habló con tono molesto.


“¿PodrĆ­as dejar eso, por favor?”


¡No! ¡AĆŗn no he encontrado el lugar adecuado! ¡AquĆ­, por favor, colócalo!


En respuesta a su petición, Klaus pareció desconcertado mientras alternaba su mirada entre las flores en el jarrón y ella.


"¿AquĆ­?"


"¡SĆ­!"


“¿Colocarlo aquĆ­?”


"SĆ­."


"¡SĆ­!"


Ante su respuesta decidida, Klaus suspiró para sus adentros, pensando que debía de ser una excéntrica mientras insertaba con cuidado el sobre en el ramo de flores del jarrón. Solo entonces Roselia exhaló profundamente, como aliviada.


Como si hubiera cumplido su tarea, estaba a punto de darse la vuelta e irse pero no se olvidó de dejar un último comentario.


“Espero exactamente lo que prometiste.”


Roselia sonrió torpemente mientras tragaba saliva seca, bajo la mirada fría que parecía decir que la vendería sin dudarlo si la promesa no se cumplía.


“Me pregunto si ese serĆ” el resultado”.


Al ver su sonrisa casual, Klaus se giró lentamente, todavía con una expresión insatisfecha.


Sin embargo, en ese momento, la pequeña voz de Roselia, como si se colara, lo atrapó.


“Um… lo siento, pero ¿podrĆ­as cerrar la puerta antes de irte…?”


“…”


Klaus, que se había quedado quieto un momento, se acercó sigilosamente y cerró la puerta. Con la puerta cerrada, Roselia se aferró al jarrón y se sentó, sintiendo que el corazón se le salía del pecho. No pudo evitar pensar que si seguía tratando así al Duque, podría no cumplir su promesa.


* * *


Roselia se encontraba parada ociosamente detrÔs de un grupo de unas seis señoritas que charlaban alrededor de la mesa de té, que estaba situada en el centro de la habitación.


Tenía poco tiempo y trataba de encontrar la manera de ganar sus 3.000 grangs inmediatamente, pero se encontró siguiendo tranquilamente a la joven como una sombra...


Claucet, sentada frente a ella, parecía estar de buen humor hoy, conversando con entusiasmo con las demÔs jóvenes, radiante. De vez en cuando, alguna de las mÔs jóvenes miraba a Roselia e incluso se sonrojaba.


“SeƱora Claucet, escuchĆ© que tiene un nuevo Domestico”.


"Es guapo, ¿no?"


A pesar de los comentarios descarados de Lady Claucet, la joven con la que hablaba se sonrojó. Claucet se encogió de hombros y giró la cabeza hacia Roselia.


“Antonio.”


Al escuchar la elegante voz de la altiva joven dama, Roselia suspiró profundamente por dentro y voluntariamente se acercó a Lady Claucet, inclinando su cintura.


“¿Llamó usted, seƱorita?”


Habló con una voz deliberadamente baja para no revelar su verdadero género, y sorprendentemente sonaba como una agradable soprano. Las jóvenes que oyeron la voz de Roselia empezaron a reírse y a sonrojarse.

¿Por quĆ© tiene una estructura facial tan delicada? CreerĆ­a sin duda que es una mujer.


“Sus ojos son verdaderamente hermosos, como gemas esmeraldas…”


¡Mira ese cabello negro brillante!


Roselia se sintió incómoda y empezó a sudar frío ante los efusivos elogios de las jóvenes. Parecía que la tendencia actual entre las mujeres era favorecer a los hombres jóvenes como los "domésticos", y sus reacciones eran comprensibles.


“Antonio fue una vez un noble, por lo que irradia mĆ”s gracia y dignidad que otros sirvientes”.

El comportamiento de Claucet, como si estuviera alardeando de su propio hijo, era un tanto entraƱable.


¡Dios mĆ­o! ¡Eso lo explica todo! ¡PensĆ© que tenĆ­a algo especial!


¿De quĆ© familia noble proviene? Pero... ¿ya no es noble?


—Ay, Madeline, ¿quĆ© importa? Hoy en dĆ­a, es la Ć©poca de comprar y vender tĆ­tulos, incluso si una familia ha caĆ­do. Mientras ganes dinero, puedes recuperar tu estatus.


Mmm... Roselia no lo sabía, pero era información valiosa. Significaba que, si tenía suficiente dinero, podría comprar y vender títulos.


Aunque estaba preocupada pensando en la supervivencia inmediata, era una información que valía la pena considerar para la supervivencia a largo plazo.


“Pero… si Antonio renuncia a ser DomĆ©stico, serĆ­a terriblemente triste.”


“AsĆ­ es… ya estoy empezando a sentirme triste.”


Roselia puso los ojos en blanco por dentro ante las conversaciones de las jóvenes, que incluso llegaban a predecir el futuro. El hecho de que sus expectativas y emociones sobre la persona de la que hablaban fuera en realidad una mujer la hacía sentir culpable.


Ah, por cierto, mi padre trajo algunos objetos del Imperio Occidental hace poco. ¿Te gustarĆ­a verlos?


La joven rubia presentó una pieza de joyería que parecía un ramo de flores adornado con piedras preciosas.


Al examinar brevemente las joyas, Roselia pudo hacer una conjetura fundamentada sobre su identidad, coincidiendo con las descripciones que habĆ­a leĆ­do en las novelas.


Era una pieza de joyerĆ­a inusual en el actual Imperio Lugbelzet, pero era un accesorio de moda en el Imperio Raphelios en Occidente.


¿QuĆ© es esto? No parece un collar... ni siquiera tiene el largo adecuado para una pulsera...


“No puede ser un pendiente… ¿PodrĆ­a ser un accesorio para llevar en un vestido?”


Cada joven dio su opinión, pero ninguna dio la respuesta correcta.


Parece que las señoritas tampoco saben mucho. Lo recibí como regalo, pero no tengo ni idea de cómo usarlo...


En ese momento, la tranquila Roselia, que había estado fingiendo dormir, pronunció algunas palabras.


"Se llama 'horquilla'".


"¿QuĆ©?"


Al instante, todas las jóvenes dirigieron su atención hacia ella y Roselia, que acababa de aclararse la garganta torpemente, continuó en voz baja.


"Si no es muy descortĆ©s, ¿puedo ofrecerte a ponĆ©rtelo yo mismo?"


Sintió pena por las señoritas que no sabían que ella era mujer y quiso aliviar su culpa ayudÔndolas un poco.


Contrariamente a las expectativas de Roselia, la dueña de la joyería, la joven, se sonrojó y asintió con la cabeza.


¿QuĆ© es esto? No parece un collar... ni siquiera tiene el largo adecuado para una pulsera...


“No puede ser un pendiente… ¿PodrĆ­a ser un accesorio para llevar en un vestido?”


Cada joven dio su opinión, pero ninguna dio la respuesta correcta.


Parece que las señoritas tampoco saben mucho. Lo recibí como regalo, pero no tengo ni idea de cómo usarlo...


En ese momento, la tranquila Roselia, que había estado fingiendo dormir, pronunció algunas palabras.


"Se llama 'horquilla'".


"¿QuĆ©?"


Al instante, todas las jóvenes dirigieron su atención hacia ella y Roselia, que acababa de aclararse la garganta torpemente, continuó en voz baja.


"Si no es muy descortĆ©s, ¿puedo ofrecerte a ponĆ©rtelo yo mismo?"


Sintió pena por las señoritas que no sabían que ella era mujer y quiso aliviar su culpa ayudÔndolas un poco.


Contrariamente a las expectativas de Roselia, la dueña de la joyería, la joven, se sonrojó y asintió con la cabeza.


Roselia tomó la horquilla y recogió con cuidado el cabello de la joven, arreglÔndolo con destreza y habilidad. Sus manos se movían con maestría y familiaridad, como siempre había cuidado de su abundante y ondulante cabello.


La delicada destreza de sus manos dejó a las jóvenes que la observaban maravilladas. Con su elegante y hasta gracioso recogido, Roselia colocó la horquilla alrededor del recogido de la joven, creando una forma y una estética agradables.


En el Imperio Rafelios de Occidente, la moda eran los recogidos pulcramente arreglados que dejaban al descubierto el cuello y los hombros, a diferencia de las mujeres Lugbelzet, que dejaban que su cabello cayera largo sobre los hombros. Se esperaba que este peinado, junto con la horquilla, pronto se convirtiera en tendencia en la sociedad Lugbelzet.


Roselia sonrió cÔlidamente a la joven que le tocó torpemente el cuello y los hombros, aparentemente incómoda con el nuevo estilo.


Te queda muy bien, querida. Ya que hace mƔs calor, no estarƭa mal llevar el pelo asƭ.


“¿D-en serio?”


La joven se sonrojó, sintiéndose avergonzada, y Roselia sintió una ligera sensación de alivio que le quitó el peso de la culpa.


En ese momento, Claucet, que observaba la escena en silencio, intervino.

“Antonio.”


“SĆ­, seƱorita.”


“Yo tambiĆ©n quiero uno.”


“Oh, estĆ” bien…”


Al ver a Claucet inflar las mejillas como una niƱa a la que su madre le ha quitado algo, Roselia no pudo evitar esbozar una leve sonrisa divertida.


* * *


Dentro del carruaje de regreso, Claucet, con el recogido que Roselia le había hecho, miraba por la ventana radiante. A Roselia le pareció bastante linda su apariencia y pensó que si tuviera una hermana menor, así se sentiría.


Entonces, cuando Claucet, que tarareaba una melodía mientras miraba por la ventana, giró la cabeza con indiferencia, sus ojos se encontraron con los de Roselia. Sintiéndose un poco incómoda, Claucet se aclaró la garganta y se dio la vuelta.


La verdad es que no me gusta este peinado. Hoy me siento un poco mƔs alegre.


—Ah, ya veo. Pero te ves preciosa.


Roselia sonrió cÔlidamente y asintió.


“Es un alivio que la vizcondesa Madeline parezca estar tan complacida, a diferencia de la dama”.


Ante las palabras de Roselia, Claucet enderezó los hombros, puso una expresión algo disgustada y giró la cabeza hacia la ventana mientras murmuraba algo casi inaudible.


“No es que no me guste el peinado… quiero decir…”


"¿Eh? No lo oĆ­ bien."


—¡No importa! En fin… Al me contó…


¿Al? ¿QuiĆ©n es Al? ¿SerĆ” que estĆ” hablando de Alejandro?


Dijo que Klaus… trajo a Antonio como sirviente por deudas…


Bueno, no es del todo exacto. Ella misma lo propuso primero como una forma de pagar sus deudas... pero centrƩmonos en lo principal.


“Es increĆ­ble… ¿cómo puede haber alguien tan obsesionado con el dinero siendo de la misma familia?”


Entre las quejas, Roselia percibió cierta inquietud y amargura en las palabras de Claucet. Inclinó la cabeza con curiosidad.


—Esa persona sin corazón... Me disculparĆ© en nombre de la familia del duque Baltezar, como su hermana.


“No… No es necesario que la SeƱora se disculpe…”


“Es solo que el desalmado enfrentarĆ” una gran caĆ­da algĆŗn dĆ­a, y como tĆŗ eres mi domĆ©stico personal, te protegerĆ© de Ć©l”.


—No, en serio… No hay necesidad de ir tan lejos…


La expresión decidida de Claucet hizo que Roselia decidiera no insistir mÔs en el asunto. Parecía que podría haber asuntos pendientes entre ellos como hermanos.


En la novela original, la protagonista principal era Claucet, la antagonista, y apenas se mencionaban detalles sobre la hermana menor del duque, Claucet. Nunca se mencionaban detalles sobre su pasado o antecedentes familiares. Solo se sabĆ­a que sus padres habĆ­an fallecido a temprana edad…


Mientras estÔbamos perdidos en nuestros pensamientos, el carruaje ya había llegado a la mansión Baltezar.


Mientras Claucet era escoltado fuera del carruaje, parecĆ­a que Klaus estaba a punto de salir por algĆŗn asunto mientras caminaba hacia ellos.


Claucet, al ver a Klaus, parecía nerviosa e hinchó las mejillas como una niña a la que su madre le ha quitado algo. Pasó junto a Klaus con aire distante, sin siquiera saludarlo. Al verla alejarse, Roselia, sin poder evitar sentir algo de lÔstima por ella, decidió entablar conversación con Klaus.


¿Por quĆ© no saludaste primero a la seƱorita?


Klaus, con una expresión algo sorprendida, giró la cabeza como si sus palabras fueran inesperadas.


¿Y eso a ti quĆ© te preocupa?


La señorita aún es joven y parece un poco fría. Pensé que un saludo suyo le vendría bien.


“Parece que tienes mucho tiempo libre para preocuparte por eso”.


Con ese comentario, Klaus volvió a caminar. Sin embargo, cuando la expresión antes alegre de Lady Claucet se tornó sombría y severa, Roselia no pudo evitar hacer otro comentario.


“Parece que el Duque no entiende muy bien quĆ© desea la joven dama”.


Como si sus palabras hubieran tocado algo prohibido, Klaus, que había detenido lentamente sus pasos, la miró con una mirada fría que pareció atravesarla.


➡️CAPITULO 6⬅️


“¿No sabes lo que desea Lady Claucet?”


A pesar de su expresión impasible, una frialdad escalofriante persistió en sus ojos.


“SĆ© muy bien lo que Lady Claucet necesita. Para el futuro de Lady Claucet, el honor y la riqueza de la familia son necesarios. No hay nada mĆ”s seguro en este mundo de mala calidad.”


Dicho esto, Klaus se acercó lentamente a Roselia. Su mirada, mirÔndola hacia abajo, no solo era fría, sino casi despiadada, lo que provocó que todo el cuerpo de Roselia se endureciera.


“Antonio de Hesingk.”


Klaus, bajando lentamente la cabeza, le susurró al oído como un gruñido.


“Todo lo que tienes que hacer es pagar 3.000 grangs en un aƱo. Es mejor no entrometerse mĆ”s. Incluso si se llama asĆ­ por mi bien.”


Su aliento, tocÔndose la oreja, era indudablemente cÔlido como un velo, pero en el lugar donde pasaba su aliento, permanecía una sensación fría y amarga como ale. Se sentía como si una cuchilla afilada acabara de pastar cerca de su cuello.


Klaus dejó atrÔs a la congelada Roselia y se alejó con calma.


Dejada sola, Roselia, debido al ardor del duque que sentía justo frente a ella, tuvo que sacudir los hombros para deshacerse de su rigidez. Sólo después de que la presencia de los Duques desapareció en el carruaje exclusivo podría Roselia finalmente exhalar el aliento que se sentía atrapada en su garganta. No había entendido la descripción en la novela original de que el duque podía matar a alguien con solo su mirada, pero ahora lo sentía profundamente.


Roselia se relajó, moviendo sus piernas temblorosas para dirigirse hacia la mansión.


Cerca de la entrada de la mansión, Klaus, que había estado parado detrÔs de un Ôrbol, la miraba con los puños apretados.


“Donandot hace cosas innecesarias, Antonio.”


Era casi como si fueran hermanos, diciendo lo mismo, con Klaus teniendo una expresión muy disgustada.


“Parece que hice algo innecesario.”


Sintiéndose cansado sin razón, Roselia inmediatamente ofreció una disculpa.


Al reflexionar, sintió que había hecho algo realmente innecesario. Ella había dicho que no se involucraría con el duque, pero terminó haciendo comentarios innecesarios. Incluso el Duque y la Joven Dama no interfirieron entre sí con tal intromisión innecesaria.


Con una sensación amarga, Roselia inclinó la cabeza hacia la Joven Dama y trató de alejarse para darle espacio.


En ese momento, Klaus lanzó sin rodeos sus palabras.


“Baja a cenar juntos mĆ”s tarde.”


Con esas palabras, la figura encubierta del duque desapareció en la mansión con un paso elegante. Roselia, que estaba viendo esa escena con una expresión desconcertada, lentamente se dirigió a su habitación, aparentemente sin entender el mensaje.


La hora de la cena llegó rÔpidamente. Roselia, vestida con una camisa ordenada y pantalones casuales, se sentó en la mesa del comedor con un atuendo relativamente cómodo.


DetrƔs de Lady Claucet, que ya estaba sentada, los sirvientes se alinearon para servir la comida. Todas sus miradas parecƭan desaprobar mientras miraban a Roselia.


Claucet, todavía con su atuendo interior, pero con el recogido que Roselia había hecho antes, parecía estar perdido en sus pensamientos. Roselia, que inconscientemente había encontrado diversión en sus propios pensamientos sobre la apariencia de Claucet, volvió a la realidad con la voz de Claucet.


“Me di cuenta antes de que pareces familiarizado con el manejo del cabello femenino...”


Mientras Claucet hablaba, su mirada hacia Roselia parecía aguda, casi como si sospechara que Roselia era la hermana menor de Klaus. Roselia, tragando secamente, trató de mantener la compostura.


“solĆ­a preparar el cabello de mi hermana menor de vez en cuando.”


“Hermana menor?”


“SĆ­, despuĆ©s de que mi padre falleció, tuvimos que despedir a todos los sirvientes, asĆ­ que ocasionalmente lo hice yo mismo.”


Que Antonio peinara el cabello era ciertamente inaudito. Bueno, considerando que todos los sirvientes fueron despedidos y ella tuvo que cuidar su cabello, no era del todo falso.


“¿Dónde estĆ” tu hermana menor ahora?”


“Ella falleció de la misma enfermedad que mi padre.”


Resultaba un tanto irónico hablar de su propia muerte con tanta calma, pero Roselia no se sentía alterada.


Claucet, sosteniendo un utensilio, lo dejó caer mientras exclamaba: "¿EstĆ” muerta?".


QuizƔs no estaba acostumbrada al concepto de la muerte a su edad.


"Sí, no hace mucho. El certificado de defunción ya estÔ presentado".


"Antonio..."


PensÔndolo bien, Lady Claucet, al igual que Klaus, vivió sola tras perder a sus padres.


Si bien Roselia y Antonio no eran diferentes a desconocidos, en cierto modo, sus situaciones eran algo similares.


"Siéntete libre de peinarme algún día..."


¿Eh? ¿A quĆ© viene esa mirada confundida?


Aunque parecía que Claucet había malinterpretado algo, Roselia no sintió la necesidad de corregirla y simplemente sonrió con torpeza.


"¿Te llevabas bien con tu hermana menor?"


 Pensando en Antonio, Roselia tuvo que forzar una sonrisa falsa mientras sudaba. Al final, se separaron no con una despedida, sino con una dura confrontación.


“SĆ­, bueno…”


“Haber perdido recientemente a una hermana menor debe ser angustioso…”


“Bueno… ¿sĆ­?”


Ese desalmado te trajo aquĆ­ para pagar su deuda, ¿no es asĆ­...?


"Eso es..."


Me sentí incómodo por cómo la conversación derivó. Era una afirmación correcta, pero hacía que Klaus pareciera aún mÔs despiadado, incomodando a Roselia.


"No te preocupes. Si te quedas a mi lado todo el tiempo, ese desalmado no podrĆ” molestarte".


Eso es un poco problemƔtico... Si no podƭa pagar los 20 grangs que Klaus le dio en dos meses, seguramente vendrƭa por su vida. Por eso no podƭa dedicar todo su tiempo a ser la doncella de Lady Claucet.


"Eso es un poco incómodo. Para pagar la deuda del Duque, tengo mi propio trabajo. Por supuesto, no me negaré a ser tu criado, pero te agradecería que me garantizaras mi tiempo también".


 Las cejas de Claucet, que se habĆ­an suavizado un poco, volvieron a fruncirse ante las firmes palabras de Roselia.


—¿A cuĆ”nto asciende esa deuda? Con el sueldo que recibo como tu criada, serĆ­a difĆ­cil pagarla, ¿no?


Aunque Claucet habĆ­a acordado pagarle a Roselia 500 grangs semanales por sus labores de criada, pagar 3000 grangs le llevarĆ­a mĆ”s de diez aƱos. ¿PodrĆ­a sobrevivir sin revelar su identidad durante ese tiempo? La mirada animada en los ojos de Klaus atormentó a Roselia, provocĆ”ndole escalofrĆ­os.


—El sueldo que me ha dado la SeƱora no es suficiente.


Claucet respondió a la firme respuesta de Roselia con una expresión obstinada, como si su orgullo hubiera sido herido.


—¿A cuĆ”nto asciende tu deuda?


“5000 grangs. Ah, la venta de la mansión del MarquĆ©s cubrió una parte, asĆ­ que son exactamente unos 3200 grangs.”


Claucet, al oír las palabras despreocupadas de Roselia, se quedó paralizada, boquiabierta. Parecía que no tenía intención de devolver una suma tan grande de una vez.


“De acuerdo. Acordamos que te encargarĆ”s de tus labores domĆ©sticas solo tres dĆ­as a la semana.”


QuizÔs accediendo rÔpidamente a la cantidad mencionada, Claucet dio un paso atrÔs. A Roselia le pareció sorprendentemente tierna la retirada de Claucet, como si una princesa diera un paso atrÔs, y no pudo evitar sonreír.


“Gracias, seƱorita.”


“Pero a cambio, ¿puedes peinarme cuando quiera? Las criadas de la mansión no son tan hĆ”biles con los recogidos como tĆŗ.”


“Por supuesto.”


 Mientras hablaban, Denver, un sirviente que habĆ­a estado esperando, se acercó con una jarra de agua para rellenar el vaso vacĆ­o de Roselia. Denver, un sirviente nuevo y de alta estatura, parecĆ­a visiblemente disgustado cuando la atención de Lady Claucet se centró en Roselia.


En ese momento, mientras Lady Claucet se distraía momentÔneamente comiendo, Denver, intencionalmente o no, inclinó la jarra de agua hacia Roselia.


"¡Oye!"


Ante la exclamación de Roselia, Denver, dÔndose cuenta tardíamente de la situación, se disculpó torpemente.


"¡Oh! Lo siento, Sr. Antonio. Se me soltó..."


Al darse cuenta demasiado tarde de la acción intencional de Denver, Roselia, que estaba a punto de decir algo, tuvo que levantarse apresuradamente de su asiento mientras su fina camisa blanca de poeta se le pegaba al pecho. Alguien observador podría notar que tenía una capa extra de tela debajo.


"¿Se encuentra bien, seƱorita?"


Claucet, dÔndose cuenta tardíamente de la situación de Roselia, miró en su dirección.


—Antonio, ¿quĆ© pasó?


Ya sea que oyó algo del exterior o presentía algo extraño, Klaus, con expresión severa, observó a Roselia y Claucet.


Claus, quizÔs insatisfecha con la apariencia de Klaus, giró la cabeza rÔpidamente, manteniendo la boca cerrada. Klaus, mirando a Roselia con una mirada gélida, abrió la boca con frialdad.


"Pareces bastante cómoda cenando con Claucet. ¿Ya has ganado los 500 grangs que me dijiste?"


Aunque querƭa irse rƔpidamente de allƭ con la camisa mojada, la presencia de Klaus frente a ella hizo que Roselia se tensara como un conejo ante un depredador.


"¿QuĆ© pasa?"


QuizÔs Klaus oyó algo desde dentro, mientras lanzaba una mirada severa a Roselia y Claucet.



Queriendo irse rÔpidamente con la camisa mojada, la expresión de Roselia se contrajo incómoda ante las palabras sarcÔsticas de Klaus.


 “No puedo negarme a la petición de la Dama.”


Su mirada desafiante parecĆ­a decir: “¿No te lo has buscado tĆŗ misma al convertirte en la sirvienta del Duque?”


Al ver la mirada de Klaus, los hombros de Roselia temblaron, pero se obligó a no cubrirse el pecho. La mirada de Klaus se detuvo en su camisa mojada, y Roselia se mordió el labio con incomodidad.


“Es inapropiado que rechaces la petición de la Dama.”


Sus ojos, aún fijos en Roselia, descendieron lentamente hacia su camisa mojada. Intentando ocultar su incomodidad, Roselia evitó cubrirse el pecho.


“Tu camisa estĆ” mojada. No es como si hubieras bebido el agua con tu cuerpo.”


Después de decir eso, la mirada de Klaus se dirigió a los sirvientes en el comedor.


En respuesta, un Denver sobresaltado, al darse cuenta de la situación, enderezó los hombros e hizo una profunda reverencia.


 Roselia, mĆ”s ansiosa por irse que por discutir, inclinó la cabeza hacia Klaus e intentó moverse hacia la salida.


“Como puedes ver, considerando mi estado, deberĆ­a levantarme del asiento primero.”


Dicho esto, intentó pasar junto a Klaus, pero su gran mano la agarró de repente por la muñeca.


Sorprendida por el contacto inesperado, Roselia miró a Klaus con los ojos muy abiertos.


Klaus, con una mirada frĆ­a y penetrante, la observaba fijamente.


“¿EstĆ”s herida?”


Aunque el contacto repentino fuera sorprendente, Roselia, sin entender el hilo de la conversación, preguntó a su vez.


“¿QuĆ©?”


En respuesta a su pregunta atónita, Klaus frunció una ceja y miró su camisa mojada. MÔs precisamente, parecía que su mirada se dirigía al interior de la camisa mojada.


“Parece que tienes vendas por dentro.”


En ese momento, el cuerpo de Roselia se tensó y un sudor frío le corrió por la espalda.



➡️CAPITULO 7⬅️


¿QuĆ© deberĆ­a decir? ¿Admitir que estoy herida? ¿Y si me pide que me explique?


"Bueno..."


Roselia dudó en responder, y Klaus arqueó una ceja con expresión de desconcierto.


La camisa, húmeda y pegada a su espalda, se sentía aún mÔs pegajosa por el sudor. Abrumada, su cuerpo se tensó y tartamudeó con impotencia.


En ese momento, una voz familiar interrumpió la conversación.


"Se lastimó mientras me protegía".


Klaus y Roselia volvieron la mirada simultƔneamente hacia el origen de la voz. Allƭ estaba Claucet, con los puƱos apretados, mirƔndolos con orgullo.


"¿Se lastimó mientras te protegĆ­a? ¿QuĆ© pasó? No estĆ”s herida, ¿verdad?"


"Bueno... supongo que estoy un poco preocupada por Ʃl".


Se desató una situación peculiar. La pequeña chica de cabello corto azul celeste, que parecía tener unos quince años, y el hombre de cabello largo negro azulado, que parecía fÔcilmente superar el metro ochenta, se enfrentaban sin ceder el paso. De alguna manera, esto inquietaba a quienes los rodeaban.


"¿QuĆ© pasó?"


Cuando Claucet se negó a responder y se limitó a mirarlo con enojo, Klaus, suspirando, volvió a centrar su atención en Roselia. Sin embargo, fue Claucet quien respondió con una expresión maliciosa.


"Resbalé al bajar del carruaje. Antonio intentó protegerme, pero terminó debajo de mí, y se lastimó un poco la espalda cuando casi me arrastró el viento".


Roselia estaba tan perpleja por la explicación indiferente de Claucet que no podía decir si tal incidente había ocurrido realmente. Por supuesto, no hubo tal incidente. Claucet había descendido del carruaje con elegancia y gracia y se reunió con las criadas.

Si Claucet mentĆ­a para protegerla, entonces… ¿por quĆ©? ¿SerĆ” que Claucet descubrió que soy mujer?


En medio de varios pensamientos confusos, Klaus, aparentemente satisfecho, miró a Antonio una vez mÔs.


"Me disculpo en su nombre por haberte lastimado protegiendo a Claucet".


¿Por quĆ© se disculpan estos hermanos el uno por el otro?


En respuesta al brusco saludo de Klaus, Claucet resopló.


"¿Por quĆ© te disculpas en mi nombre?"


A pesar de la reacción irritable de Claucet, Klaus, imperturbable, miró a Roselia con una expresión tranquila.


"Pero espero que no lo trates con demasiada brusquedad".


Ante el comentario inesperado, tanto Roselia como Claucet miraron a Klaus con expresiones perplejas. Sin embargo, antes de que su sorpresa durara, Klaus continuó con una elegante sonrisa.


"Hasta que no pagues todas las deudas, ese cuerpo no te pertenece". Era una declaración susceptible de malentendidos, pero las expresiones de Roselia y Claucet, quienes comprendieron claramente el significado subyacente, se congelaron.


Cuando mencionó el cuerpo de Roselia, literalmente significaba que su cuerpo tenía un valor útil para pagar deudas.


Tras pronunciar esas palabras, Klaus dejó un mensaje para Jeffrey, indicando que comería en la oficina, y salió rÔpidamente de la habitación. Solo después de su desaparición, Roselia, que había estado tensa, se relajó, suspiró profundamente y dejó caer sus hombros rígidos.


Claucet, que aún no había terminado de comer, continuó comiendo con indiferencia, como si nada hubiera pasado. Roselia la miró y preguntó con cautela:


"SeƱorita, ¿por quĆ©... me ayudó?"


En respuesta a la pregunta de Roselia, Claucet hizo un gesto al personal del restaurante para que retrocediera. Roselia se sintió aún mÔs inquieta por las acciones de Claucet.


 ¿Claucet realmente sabe mi verdadera identidad?


Sin embargo, la respuesta que llegó de buena gana no fue exactamente la que Roselia sospechaba.


“Antonio parecĆ­a incómodo.”


“¿SĆ­?”


“Te lo dije. PrometĆ­ protegerte de ese tipo despiadado.”


En un instante, la perpleja Roselia soltó sin darse cuenta:


“¿Por quĆ© llevo vendas entonces?”


“¿Acaso importa? Antonio no querĆ­a que Klaus viera lo que habĆ­a debajo de las vendas, ¿verdad?”


Una vez mÔs, ante un comentario mordaz de Claucet, Roselia se tensó y dijo:


“¿Por quĆ© hiciste eso?”


Claucet les indicó con indiferencia al personal del restaurante que retrocedieran y, con una sonrisa burlona, se limpió la boca con una servilleta.


“Bueno… probablemente sea una cicatriz fea o algo asĆ­. Pase lo que pase, la situación fue bastante incómoda hace un tiempo, ¿no?”



Inalterada en su porte juvenil, Lady Claucet, que aún no podía desprenderse de su imagen de niña, interpretó el papel de una mujer de mediana edad con experiencia en el mundo. Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Roselia mientras observaba la escena.


—Gracias, seƱorita.


 —Bueno, olvĆ­dalo. En lugar de eso, tienes que venir conmigo a la fiesta del tĆ© de la hija del Conde dentro de tres dĆ­as, ¿de acuerdo?


—Por supuesto.


Satisfecha con la respuesta de Roselia, Claucet, con una sonrisa juguetona, se limpió la boca con una servilleta. Roselia no pudo evitar devolverle la sonrisa, y un sentimiento de camaradería pareció surgir entre ellas.


* * *


Entre la capital del Imperio Lugbelzet, Vandelroth, y el Ducado de Baltezar, existƭa una pequeƱa aldea conocida como Algrisha.


Esta aldea servía como ruta comercial que conectaba la capital con el ducado, actuando como zona de amortiguación. Era un lugar habitado por granjeros pobres que no podían permitirse vivir en la capital ni pertenecer al ducado, así como por comerciantes que viajaban entre la capital y el ducado.


Al descender de un carruaje de 100 grangs, Roselia observó la aldea y sonrió con picardía.


Aquí estaba: el lugar de nacimiento de la primera pieza que la Princesa Heredera atesoraba. Según la obra original, aproximadamente un mes después, la protagonista se disfrazaría de plebeya, pasaría por el pueblo, se enamoraría de un cuadro del artista y lo compraría.


La Princesa Heredera aportó 500 grangs por el cuadro, una cantidad que podría sustentar a un plebeyo común durante diez años de ocio.


Ese cuadro era el primer objetivo de Roselia.


El problema era que la información disponible en la novela original solo incluía el nombre del pueblo y el artista. Por suerte, se trataba de un pueblo pequeño, no de la capital.


Tras ordenar sus ideas, Roselia se acercó a un comerciante que arreglaba un puesto de frutas con expresión decidida.


Al acercarse el apuesto y elegante hombre, el comerciante, algo desconcertado, se levantó con expresión cautelosa. A juzgar por su atuendo y apariencia, no parecía alguien que residiera en un pueblo tan pequeño, por lo que había un dejo de cautela en su expresión.


"Hola. Hace muy buen tiempo".


"¿QuiĆ©n eres?"


“Ah… Bueno, ¿conoces a alguien llamado Abeloh Hunt?”


“¿Abeloh? No he visto a ese caballero en unas dos semanas…”


Ante una respuesta inesperadamente diferente, Roselia, emocionada, intervino: “¿Conoce al Sr. Abeloh?”


“Bueno, sĆ­. Este pueblo es tan pequeƱo que todos se conocen. ¿Pero por quĆ© lo pregunta?”



Al ver la expresión dubitativa del hombre, Roselia dudó un momento.


No era prudente revelarlo todo sin rodeos.


“El Sr. Abeloh ha tenido la amabilidad de ofrecerme un lugar donde quedarme. QuerĆ­a visitarlo de camino a la capital”.


El hombre, observando el bonito rostro de Roselia, murmuró con aĆŗn mĆ”s sospecha: “¿Tiene el Sr. Abeloh un pariente tan apuesto?”


 “Ajaja, puede que no lo sepas. Bueno… si nos basamos en la relación, somos como mucho primos sextos. Jaja…”


Roselia, tras ordenar sus pensamientos, sonrió con amabilidad y continuó:


“Ah, soy pariente del Sr. Abeloh. PasĆ© a saludarlo de paso, camino a la capital”.



Aun con su radiante sonrisa, el hombre que la había estado mirando inexpresivamente se rascó la cabeza de repente y señaló con irritación en dirección contraria.



“Si sigues recto por ahĆ­ y giras hacia el tercer callejón, encontrarĆ”s una casa destartalada con una rosa dibujada en la puerta. Esa casa pertenece a ese caballero. Por favor, encuĆ©ntrala”.



“¡Gracias! ”



Pensando que había encontrado su objetivo con mÔs facilidad de la esperada, los pasos de Roselia se sentían ligeros. Por si acaso, había recibido 20 grangs de Klaus, y pensó que tal vez le sobrara algo de dinero.



 Emocionada por la expectativa de encontrar la casa de rosas que mencionó el frutero, Roselia llamó a la puerta con el corazón palpitante.


Toc, toc, toc...


Sin embargo, no hubo respuesta desde el interior de la puerta. PreguntÔndose si la casa estaría vacía, Roselia dudó. Volvió a llamar a la puerta.


Toc, toc, toc, toc...


Aun así, no hubo reacción. Para asegurarse, Roselia se asomó por la ventana y vio a un hombre sentado con la mirada perdida en la mesa del comedor. Era Abeloh Hunt. Junto a Abeloh había una niña de unos seis años que jugaba con una muñeca de trapo.


"¡Disculpe! ¡SeƱor Abeloh! ¿PodrĆ­a abrir la puerta un momento?"


Cuando la voz desconocida lo llamó, el hombre finalmente giró la cabeza hacia la puerta. Su mirada estaba vacía y no había vida en su expresión.


"¿QuiĆ©n es usted...?"


Solo entonces la puerta se abrió lentamente, revelando el rostro algo aturdido del hombre.


"He venido a comprar el cuadro del seƱor Abeloh".


 Ante las palabras de Roselia, una breve sorpresa se reflejó en el rostro de Abeloh. Pero pronto, preguntó con una expresión sombrĆ­a, llena de sospecha.


 


“¿Mi cuadro…? ¿Cómo lo sabe?”


“Vi por casualidad el cuadro del Sr. Abeloh en el pueblo. Me causó una profunda impresión.”


Por supuesto, afirmar haber visto el cuadro era mentira.


Sin embargo, Roselia sabĆ­a que Abeloh se ganaba la vida vendiendo cuadros en el pueblo.


“¿PodrĆ­a venderme el cuadro, por favor?”


“…”


Hasta que conoció a la Princesa Heredera, Abeloh había luchado para llegar a fin de mes, viviendo en la pobreza. A pesar de ser pintor, nunca había ganado mucho con su arte.


En estas circunstancias, Roselia esperaba que vendiera fÔcilmente un cuadro a alguien dispuesto a comprarlo. Sin embargo, su reacción fue muy diferente de lo que ella había imaginado. Su respuesta parecía estar lejos de la aceptación despreocupada que ella esperaba. Un poco incómoda, Roselia añadió apresuradamente:


"Lo compro por 10 grangs".


"…."


De hecho, Roselia ya conocía la pintura que Abeloh poseía gracias al contenido de la novela. Era una pintura de una mujer y una niña sentadas en un jardín de rosas. Sin embargo, fingir que no conocía la pintura sin verla realmente la haría parecer mÔs sospechosa. Así que Roselia siguió el juego, hablando como si no supiera nada.


 


 


"Si 10 grangs no son suficientes, ¿quĆ© tal 15 grangs?"


"…"


"¡18 grangs!"


Era imposible ofrecer mƔs. Como solo quedaba dinero para el viaje en carruaje de regreso al Ducado, que costaba 100 grangs, tuvo que ahorrar algo para el viaje.


Mientras Roselia miraba a Abeloh con expresión ansiosa, este, que había permanecido en silencio un rato, habló con pesadez.


"No vendo las pinturas reciƩn terminadas".


Dicho esto, Abeloh cerró la puerta con decisión. Roselia, que estaba a punto de continuar la conversación apresuradamente, se quedó paralizada frente a la puerta cerrada.


¿Por quĆ© no venderĆ­a el cuadro? Sin duda se lo vendió a la protagonista…


Sin embargo, la protagonista no reveló su identidad como Princesa Heredera al comprar el cuadro. Roselia recordaba haberse disfrazado con ropa raĆ­da y haberlo comprado… ¿SerĆ­a posible que tuviera que pagar la misma cantidad que los 500 grangs que pagó la Princesa Heredera?


Pero Abeloh no parecía especialmente interesado en el dinero. Sumida en sus pensamientos, la mirada de Roselia se posó repentinamente en las flores marchitas frente a la casa.


ParecĆ­a que habĆ­a pasado bastante tiempo desde que alguien las cuidó…


De repente, la mirada de Roselia se dirigió a la joven que estaba dentro a través de la ventana. Como si presentiera algo, la joven levantó la cabeza con un movimiento repentino.


➡️CAPITULO 8⬅️


Roselia, aliviada por haber recibido los generosos 20 grangs de Klaus, se ajustó el atuendo mientras se miraba en el escaparate.


En el escaparate, una mujer madura extendĆ­a con elegancia su vestido verde esmeralda, iluminando sus hermosos ojos verdes.


El vestido verde marfil, que le llegaba hasta las rodillas, y un chaleco de cuero marrón que le ceñía la cintura, revelaban las curvas de la mujer, ocultas hasta entonces por trajes monótonos.


Cada paso que daba, la mirada de los jóvenes del pueblo la seguía discretamente.


Era un atuendo que había comprado por casi 150 verangs. QuizÔs el dueño de la tienda de ropa local la había adivinado y le había añadido un precio elevado, pero no había lugar a discusión.


Su cabello, que ya no era el largo y negro de antes, sino ahora una larga y brillante cabellera rubia, recibƭa la luz del sol, bajƔndole hasta la cintura.


 Considerando que la heroĆ­na original, Evelyn, era rubia, Roselia habĆ­a comprado una peluca cara por si acaso. Estaba segura de que no se caerĆ­a, ya que estaba fijada con un adhesivo de polvo mĆ”gico, y complementaba a la perfección sus ojos verdes.


Por supuesto, no podƭa combinar con su anterior y abundante cabello negro, pero con tal de que se ajustara a la estƩtica que Abeloh apreciaba, era mƔs que suficiente.


La única diferencia entre la heroína y ella misma era el género.


El estado de Ônimo melancólico de Abeloh, la casa y el jardín desatendidos, y la niña que evidentemente necesitaba a su madre, Roselia especuló que la esposa de Abeloh podría haber enfrentado una situación difícil, tal vez la separación de su familia. Si Abeloh aún sentía algo por su esposa... era muy probable que fuera vulnerable a una mujer con una atmósfera similar a la suya.


ConsiderÔndolo así, Roselia, tras referirse al atuendo que vestía la heroína en ese momento, decidió disfrazarse de mujer.


 Al observar su apariencia en la ventana, Roselia se balanceaba con seguridad bajo el reluciente cabello rubio, que realzaba sus hermosos ojos verdes como gemas.


Al regresar a casa de Abeloh, Roselia llamó a la puerta con expresión decidida.


"¿QuiĆ©n es...?"


Pensando que el mismo hombre había regresado, Abeloh, al abrir la puerta con fastidio, descubrió a una mujer desconocida y su expresión se contrajo.


"¿Q-quiĆ©n eres...?"


"Soy la hermana de Antonio, que estuvo de visita hace un rato."


"Ah... sĆ­. ¿Pero quĆ© te trae por aquĆ­...?"


"Nos gustarĆ­a comprar el cuadro del que nos hablaste antes."


Al oír la rÔpida respuesta de Roselia, Abeloh volvió a cerrar la boca. Tras mirar al suelo un rato, separó lentamente los labios.


"Como ya te dije, ese cuadro..."


"¡MamĆ”!"


En ese momento, la niña que jugaba con una muñeca de trapo dentro de la casa salió corriendo. Cuando la niña se aferró inesperadamente a la falda de Roselia, tanto Roselia como Abeloh mostraron expresiones de sorpresa al mismo tiempo.


"¡Erin! ¡Esta persona no es tu mamĆ”! Lo siento; aĆŗn es joven..."


"No, no pasa nada."


 Roselia se inclinó, miró a la niƱa a los ojos y sonrió cĆ”lidamente.


"¿Me parezco a tu mamĆ”?"


Erin, la niña a la que llamaban, miró fijamente el rostro de Roselia con los ojos muy abiertos.


"Eh... ¿no? Los ojos de mi mamĆ” son azul cielo..."


La expresión de Erin al decir esto parecía un poco triste, lo que hizo que Roselia se disculpara.


"Oh, ¿es que mis ojos no te gustan?"


"No es eso... es solo que no eres mi mamĆ”... ¡hh!"


Al ver a la niƱa con los ojos llorosos de repente, Roselia se puso nerviosa.


Mientras Roselia dudaba, sin saber qué hacer, Abeloh, sosteniendo a Erin, abrió la boca con expresión preocupada.


"Lo siento. Tu mamÔ... falleció hace poco..."


"¿QuĆ© significa 'fallecer', papĆ”?"


 Incluso con lĆ”grimas y la nariz mocosa, la niƱa, curiosa por todo lo relacionado con su madre, miró a Abeloh y preguntó. Abeloh, mirĆ”ndola con expresión incómoda, se esforzó por responder.


"MamĆ” se fue lejos."


"Entonces, ¿cuĆ”ndo volverĆ” mamĆ”? MamĆ” no deberĆ­a irse, ¿verdad?"


Tanto Abeloh como Roselia, con ojos desconcertados, no se atrevieron a hablar apresuradamente.


"Si Erin espera bien, ¿volverĆ” mamĆ”?"


Como Abeloh permaneció en silencio, la niña, con lÔgrimas en los ojos, insistió.


¿SerĆ” por esta escena desgarradora? Abeloh, abrazando a Erin, finalmente rompió a llorar, algo que habĆ­a estado conteniendo.


Roselia, que había entrado en la casa de Abeloh sin darse cuenta, se sentó frente a Abeloh, de aspecto deprimente, con expresión decidida.


Erin se sentó en el suelo, sosteniendo aún una muñeca de trapo, como si recordara algo.


Mirando a Erin con preocupación, Abeloh, con expresión amarga, habló:


"Te he mostrado algo desagradable".


"No, no es asĆ­. PodrĆ­a pasar. Sigues pasando un momento difĆ­cil".


Con genuina preocupación evidente en las palabras de Roselia, Abeloh bajó la cabeza sin mucha dignidad.


En ese momento, Erin, que había estado jugando con la muñeca de trapo, pareció recordar algo. De repente, se levantó y corrió hacia Roselia, sosteniendo algo.


Ofreciéndole un sombrero de paja, hecho de un material similar a la paja, Erin se lo extendió a Roselia, sonriendo tímidamente.


"¡Es bonito!"


"SĆ­, es bonito, Erin".


 ¡No, es nuestra mamĆ”! ¡Mira! ¡Es nuestra mamĆ”! ¿No es hermosa?


Erin señaló en dirección a la escena mientras sostenía el sombrero, y había un cuadro apoyado contra la pared, como si estuviera presionado contra ella.


En el cuadro, una mujer rubia con sombrero de paja en medio de un jardƭn de rosas y una niƱa parecida a ella sonreƭan alegremente.


Ahora Roselia entendƭa por quƩ le habƭa vendido el cuadro al protagonista.


Como sospechaba, Abeloh proyectó a su esposa en la mujer rubia que la había visitado.


Ese cuadro debĆ­a ser como una foto que Abeloh y Erin pudieran usar para recordar a su esposa y madre...


De repente, una sensación de pesadez los invadió.


Ese cuadro es mi último trabajo. Rompí todos los demÔs cuadros, pero no pude hacer lo mismo con este.


“…”


¿QuĆ© es esta compasión de repente? ¡Vino aquĆ­ a comprar ese cuadro!


 Mientras Roselia luchaba por su interior con la confusión, Abeloh, quien habĆ­a estado observando el cuadro con una expresión dĆ©bil, habló con decisión.


"¿Dijiste que querĆ­as comprar este cuadro?"


"¿SĆ­? SĆ­... pero..."


"Lo venderƩ."


"¿QuĆ©?"


Inesperadamente, Roselia se sorprendió por el repentino cambio de opinión de Abeloh.


"Eso... Aunque digas eso, este cuadro es importante para Abeloh y Erin..."


"Fui egoƭsta. Estaba tan absorto en la sombra de mi esposa que no pensƩ en Erin."


La mirada de Abeloh volvió a Erin.


Erin, todavĆ­a con el sombrero de paja de su madre, miraba su reflejo en el espejo roto como si presumiera.


Aunque el espejo no podía reflejar nítidamente a la niña por estar roto, ella lo miraba con un rostro puro, sin saber si estaba mal o era insuficiente. Esa visión pareció causar aún mÔs dolor en el corazón de Abeloh. Habló con una expresión resuelta.


"VenderƩ este cuadro para Erin. Eso es lo que su madre querrƭa".


"¿EstĆ”s segura?"


"Necesito despertar por el bien de Erin... Si hubiƩramos seguido viviendo confinados en esta casa, no habrƭamos podido superar ese cuadro. De verdad, le estoy agradecida a la joven".




Con una sonrisa significativa, Roselia le entregó 15 grangs a Abeloh.



Abeloh, quien sonrió con amargura y aceptó los 15 grangs, sostuvo el cuadro que había envuelto con cuidado y lo abrazó antes de dejar que Roselia se fuera.



"¡Hermana, ven a jugar otra vez!"



 Tras el alegre saludo de Erin, Roselia echó una Ćŗltima mirada a la sonriente niƱa y se alejó con la sensación de haber resuelto un problema.


Por suerte, incluso despuƩs de pagar el cuadro, le quedaba exactamente un berang. Era suficiente para tomar un carruaje en marcha hacia el Ducado. Aunque no habƭa tantos carruajes en fila como en la ciudad, por suerte, habƭa algunos que iban y venƭan entre el Ducado y la capital, asƭ que tomar uno en el camino no serƭa un problema.


Roselia vio un carruaje en marcha a lo lejos y, a toda prisa, corrió hacia él para alcanzarlo.


Planeaba cambiarse de ropa dentro del carruaje. Sin embargo, con las prisas, no vio al hombre que salía por un lado y terminó chocando con él.


"¡Ay! ¡Lo siento! TenĆ­a prisa..."


Todavía recuperando el aliento, Roselia miró al hombre con el que se había topado y se quedó paralizada.


 El hombre, vestido con un traje gris oscuro, se palmeaba el costado de la ropa mientras fruncĆ­a el ceƱo con desagrado. Su rostro le resultaba tan familiar que Roselia se encontró mirĆ”ndolo fijamente, perdiendo momentĆ”neamente el contacto con la realidad.


"EstĆ” bien."


Incluso su tono brusco le resultó demasiado familiar, y como para confirmar sus pensamientos, una voz que conocía bien llegó a sus oídos desde la distancia.


"¡Su Gracia! ¡El terreno de la escuela estĆ” por aquĆ­!"


Era la voz de Alejandro.


Y el hombre frente a ella...


Klaus de Valtezar, el Duque... ¡¿Por quĆ©, de entre todos los lugares?!


¡¿Por quĆ© lleva ese atuendo?!


Al estar segura de que la reconocía, el corazón le latía con fuerza como si fuera a saltarle. La idea de que la reconociera le secó la boca y le tensó los dedos.


"¿SeƱora?"


La persona con la que chocó permaneció en silencio, incómoda. Fue entonces cuando Klaus, aparentemente desconcertado por la falta de respuesta, bajó la cabeza para examinar su rostro.


Roselia, casi por reflejo, se cubrió la cara con el cuadro que sostenía.


Por eso, Klaus, que casi choca con el marco que le ofrecían, apartó rÔpidamente la cara, frunciendo el ceño con irritación.



          ⚜️CAPITULOS.⚜️   SIGUIENTE⏭️

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